El Zen nace en China entre los siglos sexto y séptimo después de Cristo. La transformación de la palabra muestra ya un largo desarrollo antes de esa época. Zen es la abreviatura de la palabra japonesa ‘zenna’, que se derivó de la palabra china chan. Ésta a su vez es una forma de leer la palabra sánscrita dhyana, la cual significa ‘recogimiento de la mente’. Este recogimiento debe hacer desaparecer la diferenciación dualista que efectúa nuestra mente.

Con la meditación, la persona, accede a la experiencia de la impermanencia y la transitoriedad de todas las cosas, incluida una misma.

El zen no se puede considerar una religión, es la realización de la realidad no dual, como les sucedió a los grandes santos, sabios y fundadores de las religiones de todos los tiempos y lugares. Zen es probablemente el camino mas recto hacia el despertar, a pesar de que no se le puede clasificar como camino.

Mediante la experiencia de la meditación, nos hacemos más presentes y estamos más en el aquí y ahora. Con esta experiencia aprendemos a diferenciar la fantasia, el mundo fantasioso de la realidad.

Es una escuela de sabiduría del Budismo Mahayana, que se desarrolló en China del encuentro de las enseñanzas del indú Bodhidharma con el taoísmo. Bajo este aspecto el zen es una religión que a través de enseñanzas y prácticas debe guíar a la autocontemplación del Ser. Pero Shakyamuni no quiso fundar una religión; al contrario, él destacó la inutilidad de los ejercicios religiosos y rituales.

El zen es transconfesional por naturaleza. Por ello no hay enseñanzas sobre zen, tampoco sobre budismo. Es una trasmisión fuera de las escrituras.
El Maestro Yuansou dijo con razón: ‘No hay enseñanza para ti, para que medites o te asientes en ella. Cuando no crees en ti mismo, tomas tu hatillo y rondas ante las casas de otros buscando zen y tao. Buscas misterios, milagros, budas, maestro zen y profesores. Crees que eso es buscar lo supremo y haces de ello tu religión, pero se parece a una carrera hacia el este, para conseguir algo que está en el oeste.’

Sobre la quietud como elemento de armonia y serenidad

Un elefante corria hacia su boda, llevaba en la trompa el anillo de compromiso. Corría por el cauce de un río. De repente tropezó con una roca y en la búsqueda del equilibrio para no caer y mojarse, la trompa soltó el anillo y vió como se zambullia en las aguas. Se volvió loco, removió todo con su cuerpo para buscar el anillo, y con cada movimiento, lo único que hacia era elevar la arena y el sedimento del lecho del río, oscureciendo las aguas. Cada vez se agitaba más, y cada vez era más difícil averiguar donde estaba el anillo. Así llevaba rato.

Cerca, en una de las márgenes del río, sentado en una de las ramas de un árbol, un pájaro multicolor observaba todo suceso, riéndose de vez en cuando. Al final grito:

– Eh tu, para ya-

el elefante al principio no sabía quien le hablaba,

– Si tu- para ya, quédate quieto-

Al final vislumbró al pájaro tranquilo en una de las ramas del árbol. Se lo quedó mirando embobado.

– Si quédate quieto, por favor, no te muevas más.

El elefante dejó de moverse, las aguas fueron calmándose, y el sedimento bajo hacia el lecho.

Poco a poco las aguas se volvieron claras, el elefante estaba quieto, asombrado del hecho.

Al final cuando todo estaba tranquilo, en el fondo del río, descubrió algo que brillaba.

En plena quietud y calma pudo recuperar el anillo.

Una vez alcanzado, descubrió la quietud como elemento de armonía y serenidad.